¡Para de pensar!

¿Es útil pensar  todo el tiempo?

Últimamente me estoy dando a la idea de que pensar, realmente, no es tan útil como creemos. He llegado incluso a concluir que el hecho de pensar nos juega en contra, más de lo que nos podríamos imaginar.

Los humanos creemos que pensar es un gran atributo que nos diferencia de las demás especies y nos lleva precisamente a ser eso: humanos. Pero, ¿qué pasa si les digo que estamos abusando de esa capacidad? Lo estamos haciendo a tal punto que estamos perdiendo su propio valor.

Ya los tengo acostumbrados a hablar con palabras mayores y esta no va a ser la excepción: ¡Hay que parar de pensar! O por lo menos: ¡hay que dejar de pensar tanto!

Déjenme explicarlo con una historia

En la edad de piedra existía una pequeña, oscura y lejana aldea llamada Rumianda. Tan alejada estaba, que las tecnologías se demoraban una cantidad considerable de tiempo en llegar.

Una noche llegó por azar un grupo de viajeros a presentar, en medio de la pequeña plaza principal, el nuevo gran descubrimiento: ¡El fuego!

Todos los habitantes de Rumianda salieron a presenciar la nueva tecnología que había llegado. Los viajeros, en un acto casi teatral, empezaron a provocar el fuego y a enseñar sus valiosas utilidades ante los perplejos asistentes. La plaza se veía más iluminada que nunca, los alimentos sabían mejor que nunca. Estaban ante un descubrimiento que los iba a cambiar para siempre.

A la noche siguiente, los Rumiandanos estaban muy emocionados de poder usar su nueva adquisición. Llenos de curiosidad, empezaron a prender el fuego. Cada esquina oscura la querían iluminar con llamas; cada alimento querían probarlo con los efectos del fuego; todo, absolutamente todo y sin discriminación, debía ser tocado por el fuego y su luminosidad, pues sin él, ya todo parecía oscuro, carente de sentido.

Como era de esperarse, la iluminación descontrolada terminó por crear un incendio de magnitudes gigantescas que plagó la aldea de llamas y la consumió. Así fue cómo los Rumandianos incendiaron su propia aldea hasta las cenizas. Desaprovecharon el valor del fuego y abusaron de su poder.

Los humanos somos los Rumiandanos y nuestra mente es el fuego. Nuestra capacidad de pensar llegó para iluminar nuestra existencia. Pero, en definitiva, abusamos constantemente de ella. Creemos que todo debe pasar por el proceso del pensamiento y que perdemos el control si no es así: como si cayéramos en una angustiante oscuridad.

Tenemos la creencia de que es necesario iluminar con la razón cualquier esquina de la mente, cualquier acontecimiento, buscando explicarlo todo y exponiendo nuestros asuntos cotidianos a un fuego incesante. Nos la pasamos, entonces, incendiándonos la cabeza. Quemándonos, literalmente, durante el día; y esperando con ansias el momento de dormir, el instante donde por fin podremos apagar el fuego (si estamos de suerte) y disfrutar de la inconciencia por unas horas. Al otro día incendiamos Rumianda de nuevo en un loop incesante de incendios e inconsciencias.

La mente, como el fuego, también encuentra su mayor utilidad en el cuidadoso y selectivo uso de ella. Esto puede sonar ilógico e inclusive en contra de lo que muchos creen que nos hace valiosos como especie. No voy a alegar lo anterior, pero quiero aclarar: pensar no es lo mismo que razonar.

La mente no solo piensa, lo pensamientos no siempre razonan.

Voy a explicarles esto de la manera más sencilla que se me ocurre. El cerebro es un órgano que principalmente se encarga de mediar y regular la relación entre el ambiente externo y el ambiente interno del cuerpo. Algunos cerebros (el de los humanos incluido, por supuesto) pudieron adquirir una mente como avance de ese mismo propósito.

La mente tiene un conjunto de capacidades: la memoria, la atención, el lenguaje, la lógica y el pensamiento, entre otras.

No todas las especies tenemos la misma capacidad mental. En el podio de mentes del reino animal nos acompañan los primates, los elefantes, los delfines y los pulpos. Con ellos compartimos procesos mentales como memorizar, hacer uso de lenguajes propios e incluso crear estrategias basadas en la lógica. ¿Y el pensamiento? Muchos importantes académicos e investigadores defienden que las mentes de estas especies, diferentes a los humanos, también son capaces de producir pensamientos.

Pensar es, entonces, una de las capacidades de la mente que posibilita la formación de ideas y representaciones del mundo externo y de uno mismo, asociándolas y relacionándolas entre sí. Claramente, el pensamiento se apoya en otras capacidades mentales, como la memoria, el lenguaje y la lógica. Sin embargo, estas capacidades pueden ejecutarse de manera independiente. En otras palabras, la mente puede hacer muchas cosas muy interesantes y valiosas, sin tener que pasar por el proceso del pensamiento.

La mente de los humanos avanzó un poco o mucho más allá, y fue capaz de producir algo que en las ciencias cognitivas llamamos el meta-pensamiento. Esto es: la capacidad de pensar sobre lo que se piensa. Es por esto que nuestra especie se denomina Homo Sapiens Sapiens: “el hombre que sabe que sabe”.

Pensar sobre pensar genera una nueva capa en la capacidad cognitiva, permitiéndonos recrear algo que nos falta entender como humanidad: la consciencia.

El meta-pensamiento y la consciencia nos regalan la capacidad del razonamiento, que a su vez se explica como un subproceso del pensamiento, en donde pensar, como tal, puede hacerse de manera deliberada e inconsciente; mientras que razonar es un proceso de pensamiento que se hace de forma consciente, voluntaria y productiva. El razonamiento necesita de los pensamientos, pero los pensamientos no siempre razonan.

Es revelador pensarlo de esta manera, pues supone un punto de vista sobre el que no reflexionamos siempre: pensar no siempre es productivo, no siempre nos aporta.

Los pensamientos como acciones de la mente.

Pensar debería de verse como una acción como tal y no como un proceso automático y embebido en nuestros días. Solemos ver como acciones únicamente a los movimientos físicos, como mover una mano.

Pero ¿qué tal si vemos también como una “acción” a los movimientos de la mente? Ver nuestros pensamientos como una acción nos lleva a des-automatizar la mente y dar espacio previo al pensamiento. Lo anterior nos permite elegir, pues estamos viendo la mente como un instrumento y no como algo que acontece por defecto.

Un movimiento físico requiere casi siempre un objetivo claro: agarrar un café, por ejemplo. Un movimiento mental debería, también, contener un objetivo explícito y consciente y no siempre es así. De hecho, casi nunca. Cuando hacemos el esfuerzo de preguntarnos por el objetivo de un pensamiento específico, inmediatamente nos permitimos cuestionar su valor o utilidad y podemos, o intensificarlo o desecharlo, según lo anterior. Elegir los pensamientos permite aumentar la calidad de los mismos.

Si pudieran elegir voluntariamente cada pensamiento que llega a sus mentes, ¿Pensarían de la misma forma como piensan ahora?

En las próximas entregas sobre este tema voy a transmitirte unas técnicas que me han funcionado para lograr aumentar la calidad de mis pensamientos, viendo la capacidad de la mente como lo que siempre ha sido: un instrumento, y no un verdugo ruidoso e ineludible.

Sebastián U Chinkovsky.

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